3.7.09

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Si vosotros os resistís, yo imposible!. Domingo reseña.
LA PRIMERA LISTA DEL AÑO

Primer semestre de 2009: Lo mejor desde este Rincón, enfilando la lista de las mejores del año.



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PARAISO TRAVEL




THE READER




LA SOMBRA DEL PODER / STATE OF PLAY



LA CLASE / ENTRE LES MURS



MI NOMBRE ES HARVEY MILK / MILK




THE VISITOR




WATCHMEN

26.6.09

tetro


Libertad otoñal


Dice Milán Kundera en su último ensayo, “El telón”, que no es fácil para un joven artista innovador seducir a un público y hacerse querer. Pero cuando, más tarde, inspirado por su libertad otoñal, transforme una vez más su estilo y abandone la imagen que se hacían de él, el público dudará en seguirle. Federico Fellini es un ejemplo, y precisamente, muchos trazos Fellinianos muestra también Francis Ford Coppola en su segundo (más preciso sería decir tercer) reflejo de su otro yo artístico, su segunda época, su momento de libertad creativa alejada, con ganas, de las (inamovibles) fórmulas comerciales del cine empresa. Ver, con avidez todo hay que decirlo, una película rebelde y libre, creativa y alejada de lugares comunes, es un remedio de botika para la vista, quemada por tantos necios productores. El que dijera de la Palma de Oro 1979 “mi película no es una película sobre Vietnam, es Vietnam” ha compuesto una insigne partitura dramática, en su libertad otoñal: Tetro, eclipsando, sin atisbo de duda por mi parte, al resto de la cartelera.


Otros escenarios, otros paisajes, otras ciudades son posibles en el cine. Coppola se ha mudado a Argentina, concretamente a La Boca, enclave de inmigrantes italianos, y a los cafés con sabor a tango, política, innovadoras movidas artísticas, donde la bohemia porteña se mira a sí misma en los espejos del neorrealismo italiano, con virutas poéticas y surrealistas. Encuentro de intelectuales, a veces un poco rotos, como Tetro, o alocadas y alegres almas cómicas, proclives a experimentar huyendo del ahogo convencional de la mediocre burguesía. Paisajes donde proyectos como Radio La Colifata son posibles. Después de la ganadora “La conversación”, estamos ante otro Coppola sui generis, más teatral, más circense, vía por la que el realizador, tomando a su nueva obra como diván Freudiano, se ha procurado unas sesiones de alivio personal, abriendo compuertas de secretos familiares a través de una historia medio ficticia, medio autobiográfica. Pero eso es lo de menos, al fin y al cabo, lo interesante es que estamos ante una propuesta diferente, con una estética diferente, (y vuelvo a las referencias de un Fellini de final de carrera, cuando era más importante recrear un mar de papel que situar el barco en medio de un Océano de verdad, sin importarle que el barco tuviera relieve y pareciera plano, sugiriendo más que mostrando por medio de la imagen y la estética, modelando un tratamiento especial al drama), propuesta en la que une la música, el teatro, la danza, la literatura, formando -otra- familia de necesidades artísticas, como cura y como motor vital.
Tetro tiene mucho de carácter salvaje, como el protagonista elegido, Vincent Gallo, suavizado y equilibrado por la gran profesional que es Maribel Verdú, y encendido por el sarcástico registro (un tanto grotesco) de Carmen Maura, además del apoyo de secundarios un tanto curiosos, Leticia Brédice, Klaus Maria Brandauer (en un doblete de gemelos), Alden Ehrenreich, Rodrigo de la Serna, Sofía Castiglione, o apariciones esporádicas como la de Silvia Pérez, que hace unos meses vimos interpretarse a sí misma en “Encarnación”, el tercer largo de la realizadora argentina Anhí Berneri.



Tetro y Miranda reciben la visita de Bennie/Alden Ehrenreich, joven hermano de Tetro. Con el sentimiento de haber sido abandonado hace años por su admirado hermano mayor, Bennie indaga, a escondidas, entre las cosas personales de Tetro, buscando su obra literaria inacabada, además de las razones de su rotura con el padre de ambos, un músico famoso, egocentrico e inflexible. La visita de Bennie hará supurar las ampollas del pasado familiar. Mucho arrebata al cine neorrealista y expresionista de la época en que Hollywood mezclaba carear muestras rodadas en la calle, conjugadas con fantasmagorías, sublimaciones, poesía teatral o circense, cierto barroquismo en los sentimientos, los gestos y las formas, cierto tratamiento teatral del drama, junto a la sarcástica utilización de congregaciones o party de intelectuales que marcaban la moda, utilizando fatoches críticos pagados de sí mismos, artistas amigos de la pose cultural, banal y snob, tan bien representada aquí en el cartón piedra del Festival (cultural) de La Patagonia, con una grotesca crítica literaria, Alone/Carmen Maura, sosias de Victoria Ocampo (alusión, tal vez, al majadero cuadro crítico actual).

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Sea este un ajuste de cuentas con su propia familia, algo con lo que ya jugó Coppola en su saga del Padrino, o un ejercicio confesional exorcístico a través de una familia desestructurada donde la rivalidad acampa a su gusto, sea una revancha al trabajo antojado, con el uso de dinero propio, manipulando, reelaborando o reinventando el cine, demostrando que se puede hacer lo que a uno le de la real gana, Tetro es una delicia de rebeldía.


Foto 1: Tetro en Cannes 2009, concdecine.com
Foto 2: Leticia Brédice, imagen del diario Clarin.
Foto 3: Tomada de cinencuentro.com





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20.6.09

mr73

Matar a Dios

Vienen de estrenarse en DVD dos buenas policíacas, “Cuestión de honor” de Gavin O´Connor, y MR73 del guionista y realizador francés Olivier Marchal. Junto a la película recién estrenada en cine, “Cleaner” de Renny Harlin, forman una trilogía sobre la soledad, la desesperación, la batalla perdida contra las instancias superiores y sobre todo la afilada y cáustica interrelación del cuerpo policial. Aprovechen este buen momento de coincidencias para adentrarse en el noir bien fait. Sobre la cinta de O´Connor ya hablé cuando se estrenó en la gran pantalla, de la de Harlin hace unos días. Me acerco, ahora, con interés a la francesa, disponible actualmente en videoclubs de alquiler.

Alejándose de todas las pinceladas que sugieren y confirman las tonalidades muy afrancesadas del cine vecino, léase ese toque caheriano, Godardiano, Tavernierano, el (en exceso sobrevalorado) movimiento nouvelle vague, o la reciente comedia paleta, Olivier Marchal se ha tomado muy en serio experimentar y formar parte del grupo de los nuevos cineastas de su país, especialmente en cuanto al género que le enmarca, el negro o thriller. Este ex policía, con experiencia como actor y guionista, con dos buenas películas anteriores en su haber, "Gangsters" 2002, y "36 Quai des Orfèvres" 2004, ambas, como la que me ocupa, ambientadas, y dramatizadas en el mundo policial, universo que Marchal conoce bien, exprime una nueva mirada a la calidad francesa, por la que siempre he apostado con mis dados.

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Empezaré rotunda, afirmando que MR73 es una delicatessen muy negra, repleta de emociones, un drama con transfondo de thriller, una película hecha con el corazón a pesar de su aparente frialdad cerebral. Es un culto al personaje, en este caso un policía al límite, sobreviviente de una catástrofe familiar que le hunde en las tinieblas de la desesperación, el alcohol y un no-futuro. El detective Schneider, un magnífico -como de habitual- Daniel Auteuil, resulta de una fusión entre polícias duros y desesperados, Léo Vrinks de “36 Quai des Orfèvres”; Marc Jansen de “Gangsters”; el detective Jerry Black, (sosias del bronco comisario Matthäi del escritor Friedrich Dürrenmatt) en “The Pledge” de San Pean; el borracho Chinaski, personaje de Bukowski-Schroeder; el Mattei Bourvil amante de los gatos de Melville en “Le cercle rouge”, 1970; o también el policía interpretado por Claude Brasseur en “La guerra de los policías” de Robin Davis, 1979 . Jean-Pierre Melville, Marcel Carné, Jacques Becker, tradición del buen cine negro galo, influencias claras y sutiles en el Marchal de hoy.


Estamos ante un réquiem. Schneider es una bomba de relojería, un superviviente en constante estado de embriaguez. El acertado y correcto juego fotográfico nos plantea las escalas emocionales entre las que se mueve el detective, devenido en policía de papeleo y denuncias. El por qué de ésto se plantea desde el esplendido comienzo de la cinta, ya anunciado con la frase del policía: “Dios es un hijo de puta y algún día lo mataré”. El encañonamiento con su arma reglamentaria , una MR73, a un conductor de autobús urbano con pasajeros, anuncia el comienzo de su descenso, aunque siga conservando aún, a pesar de su fantasmal presencia, el instinto de detective que podrá desplegar, entre la neblina del alcohol, en un asesinado en serie, el de varias mujeres con un dato en común, la compañía de un animal doméstico. Junta a esta trama, se desarrollan otras paralelas, como la de un asesino en serie que después de más de tres décadas en la cárcel va a salir con una condicional. Una aparente rehabilitación con mala pinta.

Lo que Olivier Marchal ha desarrollado en su tercer largometraje, basado en hechos reales que él mismo ha conocido, es un encontronazo de un grupo de personajes al límite entre el bien y el mal. Hienas y chacales en el mundo policial, errores del pasado que pesan como losas, (un pasado delineado con secuencias en blanco y negro), ásperos, rudos, violentos personajes que otro maestro, Sidney Lumet, tan bien expuso en su filmografía, desde el incorruptible Serpico. Líneas argumentales en diversas direcciones, (además de las corruptelas de los miembros de la policía) las que Marchal sustenta en perfecto equilibrio, sin que oscurezcan nuestra percepción del principal, fabricadas y dirigidas con mucha solvencia (así como la soberbia dirección de actores) narrativa, porque el film está construido desde el interior de los personajes, desde una base, como he apuntado antes, emocional, donde la ambientación de escenarios aporta mucho al estado de ánimo, ahí es nada como utiliza el realizador francés la lluvia para apuntalar ese poso grave y amargo.

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La recompensa de ver MR73 en su estreno DVD es el añadido extra que aporta. En lugar del común “Como se hizo” de cualquier film, Marchal ha organizado un suntuoso documental sobre la puesta en marcha de la cinta, con unos actores muy preparados, demostrando unos conocimientos cinéfilos que enriquecen el formato. Actores secundarios que en conjunto y a pesar (o sin pesar) de que Auteuil centra toda la atención del objetivo, aportan granos muy nutritivos al thriller en cuestión (no deja de ser una trama de investigación policial), que nos hacen deleitarnos.





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11.6.09

cleaner


Limpiar el dolor


Les propongo un reto con la película que tengo entre manos. Una especie de cata a ciegas. Empezaré abiertamente con el convencimiento de que no van a lamentar mi recomendación, que casi siempre guardo para el final, de ir a ver esta interesante producción “noir” tan particular. Pero antes el reto. No lean, no miren, eviten la línea "Dirección" de los créditos de apertura. Háganse una ducha mental sobre el (cargante) puritanismo de “auteur”, y siéntanse libres y ligeros como espectadores para degustar Cleaner. Disfruten de la robustez, equilibrio, mesura de actuación (en cambio alcancen a visualizar la tarjeta de presentación de sus actores, un todo terreno Samuel L. Jackson, un valor seguro como es Ed Harris, el buen oficio de Luis Guzmán, o la viuda fatale Eva Mendes), austeridad, textura de caracteres, lo oculto insinuado y una limpia minuciosidad en el detalle, dejando paso y poder al argumento y la palabra, que se hace precisa. Una de policías y ladrones con madurez pausada.


Una vez finalizada, hagan cábalas sobre el director: David Fincher? James Cameron?, Los Coen? Cualquier Scott? Michael Mann? Danny Boyle? Thomas Anderson?, ó incluso Martin Scorsese o Clint Eastwood? La verdad, cualquiera de estas firmas no hubiera deslucido nada en Cleaner. Sin embargo, ninguna de ellas ha sido responsable de este “thriller” con clase. Cosas del mundo de la artesanía fílmica y la creación, el responsable no es otro que un mediocre realizador finés afincado hace años en Estados Unidos, Renny Harlin, ese que cortó de cuajo la cabeza a Geena Davis después de dejar la ruta 66 con Louise, y que aparte de alcanzar el aprobado con “Máximo riesgo” en 1993 y “Deep Blue Sea” en 1999, tiene en su haber un largo listado de ramplonerías prescindibles. ¿Qué hace, pues, que un mal director haya ultimado una buena película? Como afirma el crítico Antonio José Navarro, varias pueden ser las circunstancias que han logrado la convergencia perfecta entre varios factores, un mélange perfecto: un momento de motivación personal y profesional, la oportunidad de tener un buen guión entre las manos, disfrutar de condiciones laborales favorables en cuanto a presupuesto y libertad creativa, no luchar contra presiones de productoras insufribles e imposiciones del tipo que sea, (en ocasiones la imposición de ciertos actores es un auténtico lastre), la acumulación de experiencia que puede tornarse finalmente en positivo, (haber aprendido por fin a hacer cine), conseguir el equilibrio entre intuición y pragmatismo alejándose de los manidos lugares comunes y acomodaticios moralismos. O quizá Harlin ha gozado de una temporada en la que ha dormido bien. No se crean, ésto es de suma importancia para hacer milagros.


Lo que el resultado de ciertos factores favorables pone sobre la mesa es que deberíamos separar más las obras de los autores, y si buenos autores pueden tropezar con malas obras, también a los malos puede aparecerles el “Ángel Azul”. Recientemente lo vimos con “El desafío Frost/Nixon” de un muy regular Ron Howard. O, más alejado en el tiempo, el caso sopórifero de Eastwood, "En el jardín del bien y el mal", sin olvidar que en "Infiltrados" de Martin Scorsese, la chica que se entrecruza entre ambos infiltrados le da un tono farragoso e irregular a la cinta.
El caso es que Harlin ha tenido un momento de lucidez Eastwoodiano con Cleaner, sugerente y pausada historia policial que se adentra, en detrimento de la acción pura, dura y ruidosa, en terrenos muy psicológicos, lo que la hace, a mi entender, un caramelo cinematográfico muy jugoso, resultando una amalgama entre cine independiente y comercial. Para ser un realizador sin personalidad ha conseguido un producto con mucha personalidad, una especie de encargo televisivo con calidad y ausencia de todos los Twists que les son propios. Teniendo en cuanta la pinta que presenta la cartelera sé que no van a demandarme por mala recomendación. Y es que la cinta de Harlin suscita un interés especial que pone en juego nuevos elementos de la investigación policial, y el mundo que genera a su alrededor. Por ejemplo la limpieza del escenario donde actúa la muerte, ya sea por medio de un crimen, o un accidente.
El director finés imprime un gran poder detallista y explicativo al comienzo del film, en el que se nos comunica una realidad, el dinero que mueve la muerte, lo que da y lo que produce. Continúa proponiéndonos la ambigüedad sombría y amarga de sus personajes, indagando en miradas pausadas, primeros planos, y pequeños detalles cotidianos, donde las emociones juegan con el montaje.
Samuel L. Jackson es un actor elaborado a base de oficio que no siempre ha sido bien aprovechado por la variedad inmensa de realizadores con los que ha trabajado. Aquí es Tom Cutler, un ex policía que ha montado su propia empresa de limpieza de escenarios de muertes violentas. Un hombre, este Cutler, obsesionado con la limpieza tanto a nivel personal como profesional, lo que le lleva a acometer sus trabajos con la máxima eficiencia. Claro que esto tiene mucho que ver con su pasado, un tanto sucio y con su vida familiar, resquebrajada por una de sus partes principales, la muerte violenta de su esposa. Para sobrellevar el sufrimiento vivido, Tom se instala en una vida ordenada y monótona, evitando también, los contactos del pasado, como su amigo Eddie Lorenzo, un patético policía bien construido por Ed Harris. Pero hay algo que no va a poder evitar Tom, y que le da al argumento su novedad, y es que sea requerido para limpiar la escena de un crimen antes de ser notificado a la policía, lo que le convierte en sospechoso. A partir de aquí todas las manchas del pasado se extenderán monstruosamente sobre Tom, su vida triste pero estable con su hija, y sus (aparentemente) frías emociones.

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Con buenas dosis de nihilismo, voluntad de estilo e inteligencia este relato trastea con los elementos de un thiller tranquilo y pulcro: la corrupción policial, los dineros, las rivalidades y mezquindades entre compañeros o el patetismo y la soledad que provocan el paso del tiempo. Un respiro para aquellos que estamos hartos de héroes unilaterales, de tópicos, convencionalismos y constantes repeticiones.

5.6.09

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Chanel nº 1


El cine es el mito integrado en una fábula. No es la industria del sueño, es la fábrica de mitos…a menudo me han reprochado ser un imitador, carecer de originalidad. ¿Imitador?¿Quién no lo es? ¿Qué escritor, qué dramaturgo puede tener la audacia de afirmar que es un creador absoluto, que lo que escribe y lo que hace no hunde sus raíces en lo que ha leído, en lo que ha visto?...mi originalidad reside en mi manera de ver las cosas. Palabras de Sergio Leone, que convenientemente recordaré más tarde.

Siempre me ha fascinado la marca Chanel, tanto en sus perfumes como en su tan particular diseño de moda. Porque si todas las marcas sustentan un estilo propio, ésta en mayor medida. Y es que sus cortes rectos, puntillas, chaqueta bouclé mitificada por Jackie Onassis, cadenas, botones, mil collares, el tweed, el acolchado, el estilo marinero, y repito, su chaqueta! son símbolos. Trapos con un toque de genio. Genio en ambos sentidos, mal genio y genialidad, era lo que definía a Gabrielle Bonheur, mundialmente conocida como Coco Chanel, cuyo verdadero y curioso apellido no le hacía honor, o si?. Quién sabe, quizá Coco/Gabrielle llegó a conseguir el bonheur a través de su independencia, su ambición y libertad, especialmente difícil en una época y situación social, humilde origen, que la marcarían con la dureza del diamante en bruto, estilizándola, con el tiempo e ingenio, en uno de los más refinados.
Decía Francis Scott Fitzgerald a través de sus personajes que no se puede ser libre y pobre a la vez, y que, puestos a elegir, prefería lo primero. Nítidamente desde su juventud, en el oeste de Francia, en tierras del Loira, Coco eligió con la observación que proporciona una penetrante y sombría mirada, tan bien escenificada por una “Amélie” hecha mujer, en una contextura llena de sutilezas, tenuidad, y perspicacia, en la cual Audrey Tautou brilla con todo el esplendor de la Coco pre-leyenda. Es el hermoso film de Anne Fontaine, Coco avant Chanel, (Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel).



Si bien han achacado algunos críticos la excesiva exposición de Tautou a los rayos de los focos, no es menos comprensible, pues tenemos entre manos el biopic de un personaje mítico que marcó la moda del siglo XX, - aún hoy a pesar de las transformaciones y adaptaciones de la marca al nuevo siglo, sigue habiendo un vívido toque Coco en su legado conducido por Karl Lagerfeld- . Un icono que, en algunos casos, brilló por sus frases lapidarias, “la moda pronto pasa de moda”, y especialmente por el fichaje de sus peculiares amantes, todos ellos con poder, dinero y estatus. No está mal para una chiquilla abandonada por su padre en un orfanato, del que salió para hacer de modistilla, cantante mediocre de cabaret y probablemente, y a pesar de la cara amable que Fontaine le imprime a Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel, tuvo que hacer alguna que otro faena de meretriz, y agarrarse a la cuerda de las triviales y fútiles gentes de dinero.


Es aquí donde quiero volver a la cita de Sergio Leone, puesto que la guionista, actriz y realizadora Luxemburguesa cumple bien con la premisa del sueño del cine, mitifica utilizando la realidad, y mira al mito a su manera, un tanto endulzada en un romanticismo almibarado que parece mostrar el pasado que gustaba barnizar a la verdadera Coco. Sin embargo, yo descubro muchos hachazos reivindicativos en los silencios, miradas circulares, pensamientos analíticos proyectados desde la joven Coco, cierta actitud y mucha valentía (hacía falta agallas para enfrentarse al corsé y el pelo interminable del cambio de siglo anterior, metáforas de la opresión estética que inmovilizaba a las mujeres). Ráfagas que tan bien ha redirigido Fontaine en Tautou. Pero, el desequilibrio es evidente, desde el punto de vista de los que estamos más interesados en su proyección profesional, porque la realizadora se centra demasiado en el aura sentimental, en lugar de focalizar los procesos, descubrimientos, imaginaciones que poco a poco le llevaron a esta intrépida mujer a insertarse en el mundo de la moda y la empresa, a ser ella misma un modelo a imitar y una pionera. Hubiera requerido de una evolución más lenta en mostrar la minuciosidad de su camino y llegada a la fase (final en la película) de su primer y exitoso desfile, con un estilo ya muy definido. Hay un puente elíptico, importante para entender su carrera que pasa directamente de la muerte del que fuera, tal vez, su primer amor, hasta su puesta en escena como marca Chanel. Esto redefine el producto como una cinta sentimental que la convierte en más convencional de lo que debería haber sido. Cierto es que sus cuitas sentimentales fueran determinantes para su posterior actitud profesional, en las que los dos primeros amantes, tanto el magníficamente delineado Étienne Balsan (Benoît Poelvoorde), como el más vulgar “querido” Arthur Boy Capel (Alessandro Nivola), le encaminaron a concretarse, después de los cuales vendrían muchos más amantes, más poderosos y llamativos.

La puerta está abierta para una secuela, en la que hay cosas muy jugosas que explotar, la creación y elección de sus perfumes y marca (esas dos C entrelazadas), la puesta en marcha de su emporio, la caída del mismo con la Segunda Guerra Mundial, sus polémicos amoríos, como el de la Francia ocupada, su relación con Hollywood, con la aristocracia europea, pero sobre todo su constante trabajo y su clarividencia sobre lo volátil del vivir y del éxito. Nada como el mundo de la moda para ser consciente de ello. No está mal para un miserable comienzo que acabó en los apartamentos del Ritz con mirada a la plaza Vendome.

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Anne Fontaine realiza en Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel, una glamorosa puesta en escena, donde las telas son vaporosas, el costumbrismo de la época es deslumbrante, las existencias diarias de la alta sociedad patéticas, la oscura y orgullosa mirada de Coco/Tautou es mensajera del uso que pronto hará de los hombres ricos para hacerse camino, conservando, increíblemente, su independencia, (mucho de lo cual debe a la personalidad de Balsan). Todo un icono aún hoy admirado por su proeza y, desgraciadamente, también censurado: el cartel de la película en Francia ha sido prohibido en el medio público por portar un cigarrillo en la mano. !Allons enfants de la Marseillaise!

En fin, les dejo que me voy a poner unas gotas de Chanel nº 5






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Ya salió el número 51 de JUDEX FANZINE, tu revista especial de cine: Goremaníacos, funambulistas de la serie B y otras maravillosas criaturas afines al cine de horror, ciencia ficción, acción, aventuras etcétera, a la sazón, cine en su vertiente menos ‘artie’ y más escapista.


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28.5.09

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Piratas pata rock

Les confieso que he estado dándole mil vueltas a como encarar el subliminal “bienvenidos a bordo” con que nos invita el guionista y director Richard Curtis, cuya fama de creador de historias con exquisita vena british le vino dada con el enorme éxito alcanzado por “Cuatro bodas y un funeral” en 1994. No se me ocurre otra cosa que colocarme gafas multifocales (de hecho es lo que debemos hacer con toda obra fílmica) y observar los diferentes ángulos, caras, desfiladeros, rampas y mástiles, cada uno con su bandera independiente, para poder conformar la reseña de una sola pieza, y sugerirles la boîte de destellos que ha dejado en mi cabeza Curtis con su segundo trabajo como director, The Boat that Rocked.

Varias son las palabras clave alrededor de las que giro todo el elemento náutico nostálgico-rockero de Curtis; Homenaje, Título, Pirata, Disc Jockey, Puzzle, Atrezzo-ambientación, o flotar. Con ellas trataré de explicar qué he sacado en claro entre los acordes y melodías, que aún chapotean en mi memoria, de Icons como Bowie, Cat Stevens, Hendrix, The Who, Cohen, Stones, Beach Boys, The Supremes, Moody Blues…Oh Yeee!.



Homenaje. ¿Qué es sino un homenaje a la vasta y rica producción de música rock y pop habida a partir de los años sesenta, periodo de profundos cambios sociales, lo que Richard Curtis, un pelín nostálgico, nos ha dispuesto en bandeja con su barco del rock?, todo un homenaje y revival de la música rock, a la que había que buscar salida para darla a conocer, y uno de los medios por entonces, hablamos de las décadas 1960 y 1970, era la radio. Claro que las radios oficiales, siempre rezumando conservadurismo, destilaban apenas unos pocos minutos de esa nueva música, un poco diabólica, con letras desvergonzantes. Los oyentes, jóvenes en su mayoría, ansiosos de nuevos ritmos que les hicieran mover las caderas o soñar con momentos románticos, monopolizaban su pequeño aparato de radio cual de un tesoro escondido se tratara, esperando evadirse, ya en el monótono trabajo, ya en la noche entre sábanas, y así alimentar el arco iris que estaba amaneciendo en la moda, las costumbres, el sexo, la diversión y las drogas. Todo a ritmo de rebeldía contra los acartonados residuos de los cincuenta.


Título. Esta es una de las pocas veces en que la traducción de un título de película es soberbia, más que correcta. Un duo enriquecido, un juego de palabras perfectas para definir la película y la importancia de lo que se cuenta. Radio encubierta es un As de nuestro idioma, que reververa los dos significados de la película: ondas camufladas en la cubierta de un barco. Buscar la equivalencia de un título foráneo en nuestro idioma expone nuestra riqueza lingüística, siempre y cuando no nos alejemos de la esencia de la cinta y la vulgaricemos, como ocurre en cantidad de ocasiones. Chapeau en este caso, aunque tenga que usar de extranjerismos. La nota de esta variedad titularística se puede observar en los títulos que cada país ha querido otorgarle a la cinta británica; Francia: Good Morning England; Brasil: Os Piratas do Rock; Alemania: Radio Rock Revolution; Grecia: Rock on plo; Rusia: Rock-volna…un mundo.

Pirata. Si los medios oficiales, ciegos como siempre, no satisfacían las nuevas demandas sociológicas del pueblo, que mejor que ponerse manos a la obra, y voilà, solapados en la clandestinidad lanzar las ondas musicales que les hacían vibrar. Las radios piratas fueron el espaldarazo que elevó a la música rock a la categoría de revolución y mito musical, y lo pirata a una nueva concepción de libertad y mini sociedad independiente. Un anarquismo pacífico que rompía las leyes creadas al gusto de los peleles del poder, a los que no gustaba nada (y sigue sin gustar) que la gente se sintiera libre y suelta, como subraya Curtis en boca de sus personajes en una de las brillantes ráfagas del film. Comparando el hoy con el ayer, y los cambios tecnológicos habidos, podemos situar paralelismos entre la recién aprobada y controvertida ley francesa contra la piratería y los oscuros ministros británicos (encabezados por un Kenneth Branagh payasamente sobreactuado) aupados en inquisidores de las emisoras a las que se enganchaban todos, casi sin excepción. Nuestra realidad digital impone, también hoy, una revisión de los conceptos monolíticos de la propiedad intelectual, porque piratas somos todos un poco. Tú también lector, aunque no lo creas. Interesante y actualísima reflexión a tener presente, la que nos ofrece Curtis con este homenaje.



Disk Jockey. La labor que éstos realizaron para elevar la moral de la juventud que empezaba a desfibrilarse con descargas eléctricas rockeras fue la de auténticos dioses de ensueño. Sus palabras, sus gestos, su actitud, su aspecto, crearon moda, la moda del gurú. Y nadie como los británicos para elevar las excentricidades a categoría de ley. Los gurús -piratas- de las ondas son el monumento al que ha sacado brillo Curtis. Volvemos a la palabra homenaje. Homenaje a los DJs de Radio Caroline (en la que está basada la amalgama de historietas) emisora pirata que emitía sus programas, a finales de 1970 y la década de 1980, desde la embarcación MV Ross Revenge anclada en el Mar del Norte, en aguas internacionales a varios kilometros de la costa inglesa. Sus componentes fueron perseguidos por las autoridades, pero aún así fueron capaces de mantener durante las 24 horas del día, programas con la música que iban descubriendo y amando ellos mismos y que hacía furor entre los oyentes de condición bien versátil.

Puzzle. Richard Curtis, cuya experiencia en articular un conjunto de historias dentro de un todo ya se había hecho patente con su primera realización, “Love Actually” 2003, desarrolla en Radio encubierta un puzzle de piezas que dibujan cada una de ellas una historia personal: los aconteceres del grupo de gente (hombres en su mayoría, exceptuando alguna mujer que seguía siendo más un apoyo servil que estratégico) que se embarcó en tal proyecto pirata, conviviendo en un lugar pequeño y claustrofóbico, a través del cual hacían partícipes de sus vivencias personales a los oyentes. Todos los hechos contados están basados en realidades ocurridas en a los diversos DJs y staff en general, y para ello nada como un estupendo elenco de actores entre los que destacan mi adorado Philip Seymour Hoffman (cuando el resto del reparto enfatiza exageradamente su personaje, él sigue manteniendo el equilibrio mímico), Rhys Ifans, Nick Frost, o Bill Nighy. Todas estas piezas están presentadas como en un popurrí que hay que encajar, y una vez llegados al final, nos damos cuenta que algo ha fallado en el bricolaje, provocando un resultado un tanto picasiano en su conjunto. Por contra, si nos acercamos con lupa a cada pieza suelta, brillan éstas como pequeñas proezas narrativas y visuales: como la aparición del DJ americano estrella, la confrontación entre Conde (Seymour Hoffman) y Gavin (Rhys Ifans) en los mástiles, la llegada del barco cargado de bombones, el trabajo general de Atrezzo, vestuario y ambientación que sin grandes virtuosísmos de mainstream nos hacen revivir la etapa florida de los sesenta, provista, propio de Curtis, con una mirada excesivamente suave a las drogas y al sexo.


Flotar. Quizá la clave de esta gran fiesta rockera esté en la metáfora final, la gran alegoría que no podía ser interpretada y simbolizada por otro que no fuera el gordito, pero resultón, Seymour Hoffman, en un rockanbolesco reflotar de las profundidades como un Titanic que resurge con nueva energía para seguir alimentando la diversidad musical, y con ello dejar bien claro que el rock nunca se hunde, con el público oyente y fan como socorristas improvisados.

Hay momentos de risa, escasos todo hay que decirlo, un montaje fresco que se muestra lucido en las secuencias entrelazadas de los oyentes ensimismados con sus Djs por doquier y los grises meandros del poder, y ese revestimiento de ensoñación nostálgica de Curtis, encorsetada en la frase “tengo la certeza que acabamos de vivir los mejores años de nuestra vida”; pero, sin duda, lo más sobresaliente son los episodios musicales. Esplendidos.


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Ahora que ha llegado en DVD el filme que ha resucitado a Mickey Rourke, The Wrestler, he reservado sitio en primera fila del cuadrilátero. No te pierdas la reseña en Cinencuentro.com, para ello pinchar en la foto.

22.5.09

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Alejarse de la realidad


Apuntaba Roberto Alcover Oti en Dirigido por… que el cineasta Bryan Singer, transmutado en un inesperado esteta, había logrado que la reciente “Valkiria” desactivara la capacidad de reflexión por medio del artificio, exponiendo unos hechos sin otro objetivo que el puro entretenimiento. Es decir, nada nos avisa del caos moral existente entre los propios nazis. Se sigue dando por seguro que las temáticas sobre el Holocausto judío, que son un mar sin fondo, siguen atrayendo audiencias, y siguen siendo una apuesta ganadora en taquillas, tanto desde el punto de vista económico como artístico, aunque el segundo se supedite cada vez más al primero. Los enfoques son poliédricos y heterogéneos, pero resulta anecdótico lo poco que se ha auscultado y explorado el interior del apiario nacionalsocialista, instrumentando una reflexión más ambigua de ciertos elementos atrapados en su propia tela de araña, el conocido como buen hombre, entonces y ahora, que en una rocambolesca atmosfera de matices engañosos caen en las marañas de la manipulación maldita del poder.


Hollywood ha mantenido tenazmente esa táctica tan suya del maniqueísmo de fronteras bien delimitadas, desde que la pusiera en práctica D.W. Griffith, con tan buenos resultados para las audiencias populares de aquel nuevo medio de entretenimiento, el cine. Y si bien los buenos han sido atornillados con un abanico de mayores posibilidades, haciendo incluso que sus pecadillos sean adorables, los malos han sido pergeñados en una negra y absoluta maldad bíblicamente diabólica.
Y que decir tiene que la duda, casi nunca, ha hecho acto de presencia en el jugoso material sobre las variadas colmenas que fueron conformando las SS, quienes, obviamente, habían de servirse de una pléyade de profesionales de élite para dar entidad de respetabilidad y adecuada corrección a la nueva causa de crear la sociedad perfecta. Filósofos, catedráticos, cineastas, (entre los que todos tenemos nombres muy repetidos), físicos y químicos, o escritores como el protagonista de Good, del director brasileño nacido en Austria, Vicente Amorim. Quizá si no fuera porque Amorim embarcó en su proyecto a una moldeable estrella como es Viggo Mortensen, su película hubiera pasado desapercibida por las pantallas, o simplemente estaría en el cajón de las miles de cintas no estrenadas. Pero Viggo es de esas deliciosas criaturas que tanto fichan en grandes aventuras mainstream, como juegan pequeños encuentros de segunda división, y parece apetecer las mieles de lo pequeño, regalándose con ello un cariz de cercanía y admiración que pocos actores, muchos más distantes, consiguen. Adorable Viggo que nos susurra un español con acento argentino.


Hay películas que contando el pasado, hablan y advierten del presente. Good es una de ellas. Advertirles, para empezar, que no están ante una película al uso. La cinta de Amorim se sustenta en una reflexión sobre lo ético y lo moral, sin dar relumbre a la puesta en escena y su equilibrio estético y narrativo. Lo que produce, entendido el cine bajo los parámetros de la seducción, un resultado irregular de extraña mirada que bebe en la estética teatral de pocos personajes y escasos espacios, pero de un poso más profundo de lo que su “aparente” inanidad da a entender durante el discurrir del film, y en el cual el peso específico de la emotividad provocada en el espectador recae en el trabajo sutil y minimalista de los actores. El proyecto de Amorim, adaptación de una obra de teatro, utiliza la alegoría con algunas imágenes metafóricas que etiquetan a esta historia con su particularidad, y que aterrizan en un crescendo emocional final.
Por lo dicho, la historia se sustenta poco en el antes y el después de las circunstancias del protagonista, un intelectual arrastrado (queriendo y sin querer) al nazismo. En sí, se pasan algunos apuntes, algunos dardos, de su situación personal que más bien quieren dibujar su personalidad pusilánime y titubeante, pero al mismo tiempo bondadosa. El tema central de la película es la manera en que los gobiernos se anexionan ciertos intelectuales para acabar de convencer a sus ya deslumbrados seguidores y apropiarse de los dubitativos, y evitar las controversias que todo profesional de élite lleva (o debería) portar en su equipaje.

Good es una película que tiene mucha sustancia que degustar, que deconstruir, y mal me temo que me voy a alargar en este comentario más de lo conveniente. Pero hago mías las palabras de Alejandro G. Calvo de que una crítica debería ser siempre algo más, sin aleccionar ni ordenar, siendo autómata pero permeable, nunca estática, siempre viva e incompleta, incluso equivocada, contradictoria e indignante sin límites en el horizonte, alejada de la burocracia que impone la cotidianidad de lo leído en todos los medios. Adiós a los que se cansaron, y paciencia a los que continuan aquí.

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Se repite hasta la saciedad que el nazismo surgió de las urnas, que un pueblo agotado y desmotivado necesitaba de ideas carismáticas y relucientes que prometían ordenar el caos natural, el del hombre en su convivencia global. !Ordenar el caos inherente a la humanidad!. Para ello nada mejor que construir conceptos. Seducir a las masas con la sociedad ideal, y atrapar a los intelectuales con deslumbrantes materialismos, prebendas y privilegios, agasajos y admiración. Nada que les guste más. Ayer como hoy.
John Halder (Viggo Mortensen) es uno de esos intelectuales. Escritor y profesor universitario, sus ideas sobre la eutanasia por motivos humanitarios, plasmadas en una novela de ficción, son utilizadas convenientemente por los nazis. Considerado un elemento provechoso, es atraído poco a poco al partido del que finalmente forma parte. La cámara respira la inseguridad de su carácter y transmite, más con los silencios de Viggo/Halder que con las palabras, su arribismo un tanto ingenuo. Pero hay algo diferente en esta lenta transformación de Halder, mientras la realidad se le resiste, su inconsciente sale a la superficie con alucinaciones esporádicas en las que la música es protagonista. Algo que el director ha colocado sin avisar, y que sorprende sobremanera a la audiencia. Pero aclaremos algo, este curioso toque surrealista, si bien en un principio parece romper con la fluidez dramática, resultará ser un instrumento perfectamente válido y sugestivo en el final.

Amorim expresa, prodigiosamente, el tenso vaivén de este hombre de letras entre el miedo y el desacuerdo interior de lo que ve, entre la discreción expresiva y el disgusto, entre su deseo de promoción y la traición al respeto debido a su amigo, a los judios en general. Amorin juega tranquilo, no quiere construir un crescendo explosivo a lo gran melodrama. Mantiene la intensidad con una velocidad parsimoniosa para abocar a un desmoralizante choque con la realidad, y lo hace con una estética que no deja de ser seductora en la creación de ambientes, con un buen trabajo de vestuario y una correcta utilización del rodaje en Budapest. Halder representa a esos nazis ambiguos, que con la intención de mejorar su status utilizan su conveniente y cómoda ceguera, acabando en una situación sin salida.
No sin ciertas frustraciones provocadas por la construcción de la historia, vemos como Halder pasa del caos familiar en el que se encuentra, a un orden familiar nuevo, de la mano de Anne, joven seductora y seducida por el nazismo, para comprobar como este orden le helará la sangre. Good es una opción recomendable que habla del presente y de la moralidad de los intelectuales en su relación con el poder. Es un desafío, un reto diferente para el espectador. Un antídoto contra los aguados mainstream. Deja trás si una larga estela de reflexión sobre lo que apuntaba al comienzo, el caos moral entre los propios nazis.




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